Gente rara

Me contaba una buena amiga que ya no puede seguir fingiendo ser la misma, que su última batalla en las filas de la quimioterapia le ha dejado secuelas y ya no se ve normal como lo era antes… Todos a su alrededor se han dado cuenta y le llueven las críticas por esa coartada de víctima cargada de misantropía elegida sin consultar a nadie y con la que ha decidido seguir por su cuenta, después de todo lo que sus buenos amigos están haciendo para ayudarle a que vuelva a ser tan sensata y normal como era antes, a que siga haciendo reír a todos como lo hacía antes, a que siga implicándose en las cosas importantes de la vida como lo hacía antes.

 

Y ella, entristecida, abatida con una sutil voz que sonaba a susurro, me pedía consejo para conseguir ser tan normal como lo era antes, y si no lo conseguía, al menos para saber soportar esas indignaciones e incomprensiones que ve en la cara de la gente, que decía, duelen tanto como su enfermedad. Y yo que la conozco desde hace lustros y estoy empáticamente sumergida en su causa, intentando recordar cómo era antes, no lograba entender ese ofensivo cambio que otros viven como amenaza, pues sólo veo a alguien a quien la vida se le puso del revés y, casi a punto de aplastarla, le mostró lo autentico y verdadero que hay en ella. Y mi amiga, tan sagaz como ha sido siempre, supo aprovechar esta oportunidad y trasformando el problema en reto, salió airosa de la situación desechando todo lo que le sobraba para ello.

 

Hoy, desde mi humilde posición de amiga que se abstiene de hacer juicios temerarios inclinados más a condenar que a ayudar, quiero dedicarle estas palabras:

Decía un sabio de la locura que la imbecilidad es el único camino que nos lleva a identificarnos con lo incógnito de la vida, con ese remanso de paz donde el guerrero descansa, se sosiega y disfruta de su soledad, mal entendida por tantos que se creen tan cuerdos como normales. Y es ese momento de la imbecilidad el instante de la mente donde tan sólo se impone el mundo y tu presencia, mientras todo lo demás se hace tan pequeño que ni se siente. Es entonces cuando lo más cotidiano, ridículo y sencillo de la vida pasa a eclipsar lo que había sido importarte, cambiando el significado de todas las cosas que tan bien encajaban en tu mundo hasta reinventar otro nuevo mundo único e intransferible.

 

Yo no puedo aspirar a tanto, pero… ¡quién sabe! en ocasiones me veo eligiendo lo más simple en la vida, es decir, ese estado en el que te tildan de imbécil, tontito o rarito los que van de supercuerdos por la vida, los que todo lo saben con respecto al otro porque no han aprendido nada más que a mirarse a ellos mismos. Son los que van de guardianes de todo y, convencidos de estar por encima del bien y del mal, se dedican a ir a la caza y captura del mínimo cambio ajeno para soportar mejor la rutina que los inunda y así, poder creerse lo que siempre proclamaron y nunca fueron: verdaderos amigos. Son los que a la mínima luz ajena con la que el otro brilla, no soportando su propia sombra, se apresuran a romper esa bombilla para tolerar mejor su miedo ante lo desconocido, lo incógnito, lo diferentemente acertado en la vida del otro. Son los que, profanando la amistad, muestran al otro el camino que debe seguir para ser idéntico a él, y sin o lo sigue, se la guardan.

 

Y yo, desde mi veterana posición de haber luchado y triunfado, no ante nada ni nadie, sino ante la vida misma, desde mi silencio, a veces soledad mal entendida, desde mi imbecilidad gratamente elegida, me río de todos ellos con la sonrisa del tonto que se hace el tonto, porque eligiendo la anormalidad alcanzo al fin la felicidad.

Autora: Inmaculada Latorre Hernández.

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Comentarios: 1
  • #1

    Sandra (martes, 20 octubre 2015 11:52)

    Que bonito