Morir de amor

Nunca creí en el amor. En mis años de inmadurez, que fueron más de los que me gustaría reconocer, caí en una elipsis de desinterés. Nada hacía latir mi corazón más que el continuo proceso vital. Utilizaba a las personas al antojo de suponer que yo tampoco significaba nada para ellas. Solía pensar que somos entes individuales, nacemos solos y morimos solos, que esa errática obsesión de emparejarnos responde a la tradición social. Una basta construcción, cimentada por aquellos que tenían miedo a la soledad. ¡Qué feliz era yo por aquellos tiempos!, pero de ingenuidad.

Entonces apareció, de la nada y sin hacer ruido. Había llegado mi momento, quizás el mundo me tendía la mano. Me convertí en una de esas personas que tanto había criticado, parejitas con cara de embobados, paseando entrelazados de la mano. Nada importaba. Tan sólo tú. Miraba a los demás de soslayo, porque sólo yo conocía lo que era amar. Y de repente me di cuenta de lo peligroso y doloroso que era.

 

El amor mueve montañas pero también las quema. Si el mundo se moviese por amor, dicen algunos que otro gallo cantaría. No es verdad, el amor es de uno mismo, es una loca obsesión que no te deja desarrollarte como individuo. Te vuelves completamente dependiente, ajeno a lo que pasa alrededor. Sólo importa, estar juntos y seguir vivos. Tan real, como que el caballito de mar muere de amor. Ese híbrido marítimo que se empareja de por vida y que una vez que su compañera fallece, también lo hace él.

 

Sin duda, si nuestros dirigentes se empapasen de amor, el mundo no sería en absoluto un jardín de flores. No existe un verdadero amor al prójimo, podemos sentir empatía, pena o fanatismo. Si el mundo girase entorno a ello, el mendigo de la esquina tendría un café y un bollo todas las mañanas. Pero no, lo que importa es uno mismo, lo que se ha forjado y lo que ha sabido conseguir. Y en el instante que alguien se atreviese a marchitarlo, la respuesta del amor sería descomunal. Soy una persona corriente, que saluda a sus vecinos y que agradece las vueltas; que cede el asiento a la señora que coge el autobús todos los lunes y que sonríe con cordialidad al tendero que siempre le suelta un chascarrillo. Pero mataría por amor, defendería lo mío, con el salvajismo animal del que hacen gala los hipopótamos. Me ensuciaría las manos hasta la embriaguez, pero… tú… Tú, también lo harías.

 

El ser humano es capaz de hacer cosas maravillosas por amor. Pero también cosas terribles y monstruosas, por defender lo suyo. Sólo hay que ver un documental para entender la fuerza del amor, las madres se convierten en verdaderas fieras que luchan por proteger lo que aman. La hipocresía es la raíz que tiñe nuestra cultura, quizás hoy seas un ciudadano ejemplar; pero cuando toda esta farsa se derrumbe, dejaremos de ser el personaje que luce perfecto en el escaparate.

 

Autora: Alba Mateo Mosquera

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Comentarios: 1
  • #1

    Inés (domingo, 20 septiembre 2015 18:05)

    ¡¡QUE BUEN ARTICULO!!!